Un martes, 30 de Abril de 2013, Giancarlo Bernini, corresponsal del Giornale della Sera apostado en
Venezuela desde hacía 10 años logró escabullirse en la Asamblea Nacional. Tras
evadir los “puntos rojos” que ahora cundían en las afueras de la Casa del
Parlamento, desembolsó 300 bolívares, poco más de 10 euros en ese entonces,
para “mojarle la mano”, como decían en el país, a uno de los Guardias que
vigilaba la entrada del estacionamiento y con quien casualmente había
conversado antes con regularidad. 8 años antes, recordaba, podía tener acceso
sin necesidad de sobornar a nadie, tan solo presentar su credencial era
suficiente, pero el deber llamaba esta vez, había recibido información de una
fuente de suma confianza dentro del Congreso, aquel día sucedería algo
importante.
Había visto días antes como el Presidente de la Asamblea, un hombre bajito
y regordeto llamado Diosdado Cabello, Teniente Coronel retirado del Ejército y confidant de Chávez en su tiempo, le
quitaba la palabra a los diputados de la oposición por no reconocer a quien muy
relativamente había sido “electo” Presidente. La bancada de la Mesa de la
Unidad Democrática se retiró esa vez, escandalizada e indignada. Pero ese día,
ya sabía, intentarían protestar en medio de la sesión si después de no
reconocer al supuesto Presidente, no se les daba el derecho de palabra.
Intentó actuar con regularidad mientras avanzaba por los pasillos del
Congreso. Llevaba su credencial al cuello, pero aún así andaba sigilosamente.
Atravesó el patio central como alma que lleva el diablo, afortunadamente, no
había nadie. “Muy extraño”, pensó. Efectivamente, algo sucedería hoy allí. Al
llegar al pasillo donde se encontraban las puertas al hemiciclo, se detuvo. No
había nadie allí. Se escuchaban murmullos en algún lugar, pero lo
desconcertaban, no sabía de dónde venían. Asomó su cabeza con cuidado entre las
puertas, y lo que vio lo confundió aún más. Solo la mitad de los delegados se
encontraban allí. Los identificó inmediatamente con los diputados de la oposición,
había entrevistado a algunos ya. Charlaban entre ellos, algunos animadamente.
Otros, dormitaban en sus sillas, y a otros, se les notaba sumamente cansados y
exasperados. Alguien del personal de prensa abrió de pronto la puerta y se lo
consiguió de frente. Al ver su credencial, levantó una ceja, pero antes de
abrir la boca brotaron desde el lado izquierdo del salón un puñado de personas
vestidas de rojo, algunas envueltas en chaquetas con el tricolor de la bandera
nacional. “Este es mi día”, pensó Giancarlo, mientras quien había abierto la
puerta volteaba la cabeza, embelesado con anticipación ante lo que podía pasar
ese día. Casi de puntillas, entró a la sala.
“Por fin”, escuchó murmurar a uno de los delegados de oposición. Fijó su
mirada en el suelo, y vio un bolso negro que no le parecía familiar. No se
parecía a los maletines que usualmente cargaban los diputados. En ese caso,
parecía más un largo saco en el que los militares llevaban sus uniformes. Para
su sorpresa, lo que vio asomándose de uno de los bolsos no era un rifle, sino
una corneta de plástico, a lo que se imaginó le seguiría una pequeña bombona de
gas que haría sonar el embudo al ser accionada. Era una vuvuzela.
Definitivamente, algo bueno estaba por suceder. Preparó su teléfono inteligente
para tomar fotos y grabar videos y audio, ya que no había podido traer consigo
su cámara profesional. Se ubicó debajo del palco, semi oculto en las sombras, y
esperó.
La sesión empezó como de costumbre, la torpeza del hombre que presidía la
Asamblea, la flojera con la que arrastraba las palabras y la expresión
prepotente que ostentaba le impedían sentir simpatía en aquel tipo, mucho menos
darle su confianza. Empezó a preguntarse cómo es que una persona así podía ser
político, y ser exitoso siéndolo. La respuesta se dejó ver tan pronto como se
formuló la pregunta: dinero. Los escándalos de corrupción inéditos que llevaba
consigo Cabello eran sorprendentes, “incluso para mí”, pensó, pues los
gobiernos italianos no habían sido nunca los más transparentes desde la
unificación. Pero aún familiarizado como estaba, para él la fortuna que había
amasado el Teniente era obscena, y la impunidad de la que gozaba era enfermiza.
Llegó el momento que estaba esperando, era el turno de un diputado de la
oposición. El delegado, que ya se había puesto de pie, miró fijamente al
Teniente, a la espera de la pregunta. “¿Reconoce o no reconoce a Nicolás Maduro
como Presidente de la República?”. La respuesta, como era de esperarse, fue “No
lo reconozco”. La tensión aumentó, y lo que dijo Cabello a continuación, no
ayudó: “Entonces no se le dará derecho de palabra.” Mientras el Teniente
avanzaba en la lista, se iniciaba un gran revuelo en el lado derecho del
hemiciclo. El diputado que estaba de pie, ignorado, gritaba que aquello era un
ultraje. Al mismo tiempo, se le unían otros compañeros. Una gran pancarta fue
desplegada que rezaba “Golpe Al Parlamento.” Las sospechas de Giancarlo fueron
confirmadas cuando otros sacaron de sus bolsos unas vuvuzelas, y empezaron a
sonarlas.
Bernini tenía el teléfono listo. El diputado que seguía en la lista
empezaba a hablar sobre un crédito adicional, pero ya nadie le prestaba
atención. Los nervios se crispaban del lado izquierdo, mientras en el derecho,
la protesta arreciaba. Uno de los delegados de oposición llevaba un casco. Notó
que se acercaban algunas personas, personas que no eran diputados. Descubrió
que uno, un gordo que usaba una chaqueta tricolor, era un diputado suplente. “Eso
es extraño. No debería estar aquí”, pensó. Tenía entendido que los suplentes
debían estar en el palco, en el piso de arriba. Se alejó un poco de él, pues
tenía cara de pocos amigos. Las letras del artículo que escribiría más tarde ya
se arremolinaban en su cabeza.
Súbitamente, empezó.
Alguna pelea había brotado lejos de él, hacia la mitad del salón. El
diputado suplente pasó por su lado, y casi pudo sentir su respiración agitada.
Aprovechando el revuelo, se ocultó tras un pilar y puso a funcionar la cámara
de su teléfono. Mientras grababa descuidadamente, miraba lo que sucedía, sin
siquiera mover un dedo, casi ni respiraba. El diputado suplente se abalanzó
sobre Borges, un diputado de la oposición que sostenía la pancarta. “El
delegado de la monoceja”, como él lo llamaba para recordarlo, recibió repetidos
golpes en la cara. Aquel suplente era un salvaje, no merecía ser diputado.
Bracho gritaba a otro diputado mientras hacía sonar su vuvuzela, “¡¿Tu me
vas a pegar?!”
Lo que más le escandalizaría vendría ahora. Una de las diputadas más
reconocidas de la coalición Mesa de la Unidad Democrática, una que se había
presentado a las primarias presidenciales del 12 de Febrero de 2012, por nombre
María Corina Machado, intentaba acercarse al Teniente. Antes de alcanzarlo, una
diputada de cabello rubio, evidentemente artificial, la sorprendió por la
espalda. “Cobarde”, pensó, y continuó grabando. Lo que vería entonces no lo
olvidaría: con manopla en mano, aquella delegada golpeó con fuerza el rostro de
la diputada Machado. “Debe haberle roto algo”, adivinó Bernini, mientras un
escalofrío aún recorría su cuerpo.
Los diputados del lado izquierdo habían migrado, casi en su totalidad, en
invasión hacia el lado derecho. La división entre bandos, que atendía a una
terrible degeneración de la disposición del Parlamento francés tras la
Revolución (“Franceses…”, pensó), se deshizo en un santiamén. La diputada
Machado se había puesto de pie, y ahora estaba frente al Teniente, exigiéndole
que acabara con aquel circo. “Que fuerte esta mujer, y pensar que alguien una
vez le dijo que estaba ‘fuera de ranking’ ”, pensó. La delegada cobarde se
acercó de nuevo a sus espaldas, esta vez la tomó por el cabello, la tiró al
suelo y empezó a patearla. Bernini miró al hombre que presidía la Vergüenza.
Estaba rodeado de guarda espaldas y… ¿se estaba riendo? Una mueca cruzaba su
cara, una especie de sonrisa. No hacía nada para detenerla.
Bernini consideró que había tenido suficiente. Guardó el teléfono, y se fue.
Sentía que sus orejas estaban prendidas en fuego. Que impotencia, que
cobardía y barbarie. Era evidente que el oficialismo sabía de la protesta y su
naturaleza, y habían decidido terminar con ella de la peor manera. Que
avergonzado, y que pobre país. Volvió a su mente todo lo que había aprendido en
la Universidad sobre el fascismo en tiempos de il Duce. Que terrible maldición aquella, ejercida desde el Poder,
tardaría en desvanecerse. Sentía una profunda solidaridad y simpatía por el
Pueblo venezolano. Cruzó a zancadas el patio interno, en dirección al portón
por el que había entrado. Ya no le importaba que nadie lo viera. Pensó en el
líder de la Unidad y, relajándose un poco, se dijo a sí mismo, “la alegría ya
viene.”