Rosa Mercedes Mendoza Graterol, el nombre completo de quien por toda mi
vida conocí como Tata. Ella era para mí el rostro de la vejez. Desde siempre la
recuerdo arrugadita, siempre muy dispuesta a toñequearnos y consentirnos. Tata
era otra abuela, y lo supe solo después de que se fue. La nostalgia y el pesar
que me causó su partida fueron muy fuertes, un viejito menos para mi
graduación, pero solo el recuerdo de las risas que causaba es reparador. El
recuerdo de una mujer que sin ser madre, amó y crío a tantos hijos, sobrinos y
nietos, que la amaron y recuerdan su amor. Que buenos quesillos y catalinas
hacía Tata, esos que ya no recordaba cómo hacer. Apenas y nos podía escuchar, y
le costaba recordar los rostros de todos nosotros. Cuando iba a su casa me
tenía guardado unos “rialitos”, me los daba en secreto cuando no tenía para los
demás, y nunca tuve el corazón para decirle que aquello era poco, sino nada.
Repetiré que hacía los mejores quesillos, como yo siempre repetía cuando ella
nos guardaba. Hacia el final yo era Eduardo Alberto, pero a veces era “de que
Justa”. Cuando pregunté quién era, me dijeron que tal vez era una de sus
comadres de Carora. Recordé, como lo había hecho al morir mi abuelo, que no sabía
mucho de la vida de Rosa, pero ayudé a cargarla, como ella me había cargado hacía
tantos años. La toñequeamos, la consentimos, y nos despedimos de ella,
intentando hacerle saber cuánto la queríamos. Nos reconforta, y nos quedamos
conformes, porque no sufrió, y se fue, de la mano de la Virgen, a reunirse con
sus comadres. Me dijo que fuera siempre un buen hijo, y eso intentaré ser.
Tata, te dejamos ir, con la condición de que nos tengas nuestras buenas arepas para
cuando lleguemos.
“No llores, voy a reunirme en el
cielo con el Señor. Te espero en el cielo; yo muero, pero mi amor no muere. Te
amaré en el cielo como te he amado en la tierra. No te dejes abatir por la
pena, querido mío, mira más bien la vida que ahora empieza, y no la que he concluido.
A todos los que me han querido, les pido que rueguen por mí, que es la mayor
prueba de cariño.”
Tata, bendícenos desde el cielo.
Eduardo Alberto