Wednesday, November 23, 2011

Ah mundo Jerónimo

Hace falta el tiempo para que haga falta el cuerpo, cuando se encuentra la ausencia se usan las lágrimas hasta que ya no hay más que llorar. Habrá un nuevo día en el que el viejo no esté, y en el que el corazón cede ante la nueva fisura. Pero no habrá más que mirar a la sangre y ver el mismo par de cejas, narices, bocas y manos. Los ojos, que dejan ver las almas que llevan dentro un poco de quien se fue, porque vive en nosotros de tantas formas. Habremos de contemplar el legado y ser felices, agradecidos por la vida renovada y orgullosos de la herencia. Y si la edad no es consuelo, lo será la compañía y el recuerdo, y en ellos nos refugiaremos hasta que llegue la hora del próximo encuentro. Sentimos la pérdida, pero no lloramos, con un pie en el mar y uno en la orilla, aunque el corazón nunca sane del todo. El amor no te hará esclavo, te hará libre, más como el hombre que naciste para ser, y el deseo de llorar es la belleza del amor en todo su esplendor ¿Cómo mides la vida? ¿En ocasos o amaneceres, en medias noches o medios días, o en tazas de café? En momentos preciados y refranes caroreños, en chistes y risas, en sudokus y rompecabezas acabados.

Decían Ringo, Paul, John y George:    Love is all you need   ----


Monday, November 7, 2011

El Ingenioso Hidalgo


El colegio en el que estudié de pequeño se ubicaba al lado de las residencias donde vivían mis abuelos. Jerónimo Fernández y Altagracia, mis abuelos maternos, me enseñaron todo lo que sé hoy. Mi mamá ejercía como abogada, mi papá como marino mercante, y yo, hijo único, debía quedarme con ellos. Mi abuelo, me dejaba todos los días en el colegio y en las tardes me buscaba. Me ayudaba a hacer mis tareas, me hacía el desayuno, el almuerzo y la cena. Las arepas de mi abuelo, con caraotas y huevos con suero eran un plato tradicional en su mesa. Me peinaba en las mañanas, y me acostaba en las noches. Por ocho años de mi vida, esa fue mi rutina.


Mi abuelo lograba hacer los mejores rompecabezas, y más tarde, los más difíciles Sudokus. El crucigrama se hacía con bolígrafo, y siempre conocía la respuesta. Con incomparable ingenio podía encontrar arreglo a casi cualquier aparato, y su sabiduría siempre tenía solución para todo. Era un libro abierto. Aún después de haber dejado su casa, al nacer mi hermano, cuando no sabía algo, era a quién yo recurría. Sabio único, conocía un refrán para cada momento, y un chiste para cada tristeza.

Por su parte tengo una familia muy grande. Aprendí que éramos “los Fernández de Carora”. Gané conciencia y orgullo por la sangre que corría en mis venas. Cuando lo supe empecé a ver a mi abuelo como el personaje que no había llegado a conocer, y aprendí el placer de hacer por los demás, con qué calidad y de qué forma. Me di cuenta de lo mucho que él sabía, de lo sabio que era, de lo importante que había sido, y todos esos descubrimientos lo renovaron como mi ejemplo a seguir.

Una amiga alguna vez me dijo que la vida es un chiste corto, y si alguien hubiera coincidido con ella, era mi abuelo. Lograba sacar de todos una sonrisa con su perenne simpatía y excelente humor. Siempre tenía algo nuevo que contar, y algo viejo que recordar. Estoy orgulloso de pertenecer a su familia y de ser llamado su nieto, como siempre he de estarlo. De él aprendí a ser cortés, caballero y discreto; aprendí a ser amable, servicial y a meditar las cosas.

La consecuencia de ocho años bajo su techo es gran parte de lo que soy. Nuestro último adiós fue un abrazo común. Yo lo llevé a la cama, y no el a mí, como sucedía cada día hace más de diez años. Si hubiera sabido que era el último, probablemente hubiese dicho un par de cosas, pero Dios, en su generosidad, supo darme la dicha de disfrutarlo como era, y recordarlo siempre como un abuelo sonriente, simpático y fuerte. Así, todo estaba dicho.

Una vez me regaló una antigua edición de El Ingenioso Hidalgo, Don Quijote de la Mancha, de Cervantes. Él lograba recitar pedazos que sabía de memoria y a mí me fascinaban.

Para mí solo nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordillesco, que se atrevió, o se ha de atrever a escribir con pluma de avestruz grosera y mal delineada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quién advertirás, si acaso llegas a conocerlo, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fosa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva; que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los extraños reinos. Y con esto cumplirás con tu cristiana profesión, aconsejando bien a quien mal te quiere, y yo quedaré satisfecho y ufano de haber sido el primero que gozó el fruto de sus escritos enteramente, como deseaba; pues no ha sido otro mi deseo que poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías, que por las de mi verdadero don Quijote van ya tropezando, y han de caer del todo sin duda alguna.

En la madrugada del 4 de Noviembre de 2011, murió Jerónimo Fernández Ibarra, que fue a mis ojos un padre, esposo y, sobre todo, abuelo ejemplar. Permanece en mi memoria como uno de los mejores hombres, y el único e ingenioso hidalgo.