- Estoy bien. – respondí. La misma respuesta para la misma pregunta. Tan enfrascado en mi rutina estaba que no entraba en razón. La verdad era que no estaba bien, simplemente, no lo estaba. Era cierto que había dejado de ser un chico, mi vida era muy diferente a como había sido. Ya no pasaba tanto tiempo con mis amigos, mi vida empezaba a parecerse a un frenético carrusel donde esos falsos corceles no se diferencian ni siquiera en tamaño.
Que pasada me había jugado la vida en tan poco tiempo. No tenía un spot favorito en la ciudad, no tenía un restaurante favorito, y no me podía imaginar, por más empeño que pusiera en recordar, alguno que me sirviera para llenar los espacios en blanco que ahora se encontraban en mi lista bajo la columna con el nombre de esta ciudad. Por las noches leía, como era mi tradición hacerlo, sino escribía, y la mayoría de ellas lo hacía siempre con el firme propósito de acostarme lo más agotado posible, de manera que los nostálgicos pensamientos que invadían a un chico de mi edad a aquellas horas de la noche no pudieran siquiera llegar a ocurrírseme.
Memento mortis. Las palabras sonaron en mi cabeza de nuevo con la claridad con la que las había escuchado días antes. Recuerda tu mortalidad. Un escalofrío recorre la piel de una persona cuando recuerda que deberá morir algún día y que si bien diecinueve años han sido sólo cinco minutos, noventa no podrían ser más de diez. Evitar pensar en ello hará que tengamos miedo cuando sea el momento, huir de lo inevitable, ¿no es eso absurdo? Lo mejor es enfrentarlo como se le debe plantar cara a un problema. Mirar a la oscuridad que te rodea y esperar a que te invadan esos pensamientos. Entonces, les dirías que estás listo, listo para el cambio y que será lo que deba ser.
En una de esas noches había recordado las palabras de Macbeth cuando supo por boca de las Hermanas Fatídicas que sería Rey de Escocia: será lo que deba ser, incluso en el más oscuro de los días, hay una hora, y un momento. Yo había tomado una decisión, y para ello había renunciado a muchas cosas, cosas que en aquel entonces no pensé que extrañaría. Pero aquello se retribuiría algún día, estaba seguro. El costo era alto, pero muchas veces necesitamos que una roca caiga en la mano con la que sostenemos un juguete dañado y viejo para que pueda sostener una nueva vida. El pasado debía quedar donde pertenecía, no se puede guardar en una maleta.
Sin embargo, no podía dejar de molestarme. Una espina bajo su pie que no dejaba de arder. Sentía que mis recuerdos eran como las fotografías de un álbum. Cuando no hay nuevas fotografías vemos las viejas una y otra vez, hasta que se gastan y nos aburrimos de ellas. El álbum va a parar a un rincón oscuro de la biblioteca donde se llena de polvo y es redescubierto 20 años más tarde. Demasiado tarde.
¿Es acaso justo que un joven de mi edad ya piense en muerte y con nostalgia en tiempos pasados? ¿No es eso tarea de un hombre entrado en años? Ya no recordaba la niñez, y la adolescencia terminaba sin recordar su comienzo. ¿Valía la pena siquiera vivir el presente si mañana sería un recuerdo? Quizá por eso Macbeth había asesinado al Rey de Escocia y había enloquecido.